La persecución de los morosos en Europa a lo largo de los siglos

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Los morosos fueron perseguidos a lo largo de la historia con métodos que atentaban contra los derechos fundamentales de los deudores.

El marco normativo para combatir la morosidad en Europa ha ido evolucionando de manera notable. Con la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476, se desintegran las instituciones del Derecho Romano y se vuelve a castigar con dureza al moroso. Los conquistadores germánicos vuelven al proceso de ejecución contra la persona del deudor similar al que existía en la Ley de las XII Tablas. Ahora bien, las leyes propias de las tribus invasores se fueron fusionando con el Derecho Romano y el derecho de los territorios conquistados. Las leyes de los pueblos germánicos facultaban al acreedor para secuestrar los bienes de su deudor, sin que mediara la autorización judicial; luego ante el magistrado se realizaba una actuación, una especie de conciliación, en la que el deudor se comprometía a pagar las obligaciones vencidas a su acreedor. En caso de incumplimiento de la promesa de pago, se secuestraban los bienes o la persona del mismo deudor. Consiguientemente después de las invasiones de los bárbaros se vuelve a la ejecución personal. Además, en este periodo de la historia se consagra lo que más adelante se va a constituir como un principio inalterable de la ejecución contra el deudor: quien es primero en el tiempo, lo es en el derecho. En consecuencia, el privilegio del primer ejecutante es un aporte a la historia del derecho de esta época histórica, de modo que quien ejecuta primero es quien cobra.

Al propio tiempo el derecho practicado por las tribus germánicas aporta una nueva forma para dirimir los pleitos. En caso que un acreedor demandara a un presunto deudor, pero éste no reconociera el débito, se le hacía jurar ante Dios que decía la verdad. Por miedo al perjurio la mayoría de los morosos reconocían la deuda (en aquella época la gente tenía miedo al castigo divino). Para los casos más complicados se practicaban los “Juicios de Dios”, también llamados ordalías (del alemán Urteil) Estos procedimientos consistían en que el presunto deudor debía agarrar un hierro al rojo vivo o extraer una piedra del fondo de un caldero con agua hirviendo. Si la quemadura cicatrizaba en poco tiempo, se daba la razón al demandado ya que había gozado de la protección divina y quedaba liberado de su obligación. Pero en caso contrario se le consideraba culpable y se le daba la razón al acreedor ya que Dios no había prestado su apoyo al demandado. La ventaja indudable de este sistema es que los morosos pagaban antes de verse sometidos al juicio divino.

En los comienzos de la Edad Media, la Iglesia prohíbe estrictamente la usura y el préstamo a interés, por lo que las operaciones financieras fueron practicadas por gentes que, por una u otra razón, no estaban afectadas por las prohibiciones de la Iglesia, tales como judíos, banqueros lombardos y templarios. Los templarios comenzaron a ejercer las funciones de banqueros con el objeto de recaudar fondos para el Papado y para financiar las cruzadas, pero su actividad evolucionó rápidamente hacia los negocios bancarios más especulativos, convirtiéndose en prestamistas de los reyes y de los mercaderes. En la Península Ibérica jugaron un importante papel al colaborar con los reyes cristianos en la Reconquista. Los templarios realizaron importantes progresos en la práctica bancaria, y desarrollaron los arbitrajes de cambio y la contabilidad por partida doble. Los templarios adquirieron una fuerza social y económica muy importante por lo que se crearon poderosos enemigos, muchos de los cuales eran sus propios deudores. El rey Felipe IV de Francia que se encontraba fuertemente endeudado y sin poder devolver el dinero que había tomado prestado, en el año 1307 impulsó un proceso contra la orden del Temple para no tener que devolver las sumas adeudadas y apoderarse de las riquezas de la Orden. Felipe IV acusó a los templarios de paganismo y sodomía y los condenó a la hoguera, apropiándose de sus fortunas.

En la Edad Media aparecen los cambistas, que en el siglo XII fueron los antepasados de los actuales banqueros; se dedicaban a cambiar monedas extranjeras, defectuosas o desvalorizadas mediante la percepción de ciertas comisiones y derechos. Los cambistas también recibían depósitos en dinero, consignaciones y embargos e incluso actuaban como agentes de pago tanto por parte del estado como de comerciantes. Gracias a la acumulación de capitales provenientes de sus comisiones y a los depósitos recibidos, los cambistas comenzaron a ejercer funciones de banca, haciendo préstamos y realizando operaciones financieras. Así que los cambistas –esquivando hábilmente las prohibiciones legales y religiosas de la época–  ejercían de prestamistas y realizaban operaciones especulativas. Las actividades de los cambistas se explican con gran detalle en el libro “La Catedral del Mar” de Ildefonso Falcones. Esta obra también explica que, si el cambista no podía devolver los depósitos, era declarado en quiebra y se le quitaban todos sus bienes para pagar a los acreedores. Pero si los bienes no alcanzaban a cubrir todas las deudas, la ley establecía que se debía cortar la cabeza del cambista quebrado frente a su mesa de cambio; y todos los cambistas de la ciudad eran obligados a presenciar la ejecución en primera fila, para que escarmentaran en cabeza ajena. Los cambistas disponían de una gran mesa, o banco, donde realizaban sus operaciones financieras, de ahí proviene el término banco para designar a este negocio y el de banqueros a las personas que a él se dedican. Cuando un cambista no podía cumplir con sus compromisos por falta de liquidez, su banco o mesa eran rotos a martillazos en público, originándose de este modo la palabra bancarrota.

No todos los inventos de la época fueron negativos, también se crearon nuevos instrumentos de cobro y pago. Las grandes ferias medievales y los desplazamientos de los mercaderes, dieron lugar a movimientos de fondos de gran volumen. La inseguridad de los caminos (los salteadores abundaban) motivó a los cambistas a idear la letra de pago como instrumento para efectuar transferencias de dinero sin tenerlo que transportar en metálico (nunca mejor dicho ya que las monedas eran de metales preciosos). Este procedimiento consistía en que el cambista extendía una carta de pago por la que solicitaba a un colega de otra ciudad, que pagara al portador del documento una cantidad determinada. Con el transcurso del tiempo la letra de pago evolucionó a la letra de cambio que, a diferencia de la primera, se podía endosar y descontar con lo que se convertía en un instrumento de crédito.

En la Edad Media la sociedad no tenía la menor piedad con los morosos que eran considerados vulgares delincuentes. El nacimiento del derecho comercial dio lugar a la creación de una jurisdicción propia para resolver los conflictos de los comerciantes y para los comerciantes. En el caso de la ejecución universal, cada ciudad tenía su propio estatuto para regular los procedimientos de ejecución universal. La mayoría de los estatutos contenían disposiciones crueles, infamantes que colocan a la persona del deudor como sujeto de las más injustas y crueles represalias. Eran penas aflictivas, severas, los comerciantes que incumplían sus obligaciones se les consideraban ladrones y como ladrones eran tratados; de ahí la detención física de la persona, privándolo de su libertad, en algunos estatutos se consagraba el derecho de los acreedores para dar muerte a su deudor; igual que la aprehensión física y la muerte, también se consagró el denominado Bando, que consistía en la publicación del nombre del fallido en las paredes de las comunas con el cual quedaba marginado de cualquier amparo de protección legal. Se le arrodillaba en su dignidad, se le despojaba de todos sus derechos, cualquiera podía agredirlo en su persona y sus bienes y hasta podía matarlo sin consecuencias para el agresor. El Bando excluía al fallido de todas las actividades de la sociedad civil; le estaba prohibido contratar los servicios de abogados y defensores. La detención física del deudor fallido la hacían los propios acreedores, quienes posteriormente lo sometían a la autoridad competente; pero además de las penas de detención física, el Bando permitía la muerte, se autorizaban las torturas para que el deudor confesara sobre sus actividades, sobre sus bienes, sobre sus cómplices. La tortura se convirtió en un medio de prueba y no sólo se practicaba al deudor sino también a sus amigos y familiares.

Pero además de todas estas penas y torturas, se establecieron otras medidas de publicidad infamante “se pintaba la imagen del fallido en los edificios públicos, en las comunas para que todos los analfabetos lo reconocieran”. Este medio de publicidad aún perdura en los procedimientos actuales como es el de mantener el nombre del deudor en los bancos de datos; en forma indefinida, es el nuevo ritual informativo que atenta contra la dignidad de la persona humana. También la publicidad se hacía a través de otros mecanismos, como el registro del fallido en la picota pública, que consistía en amarrarlo a un árbol o a un poste y exponerlo al escarnio público o trasladándolo en jaula, totalmente desnudo acompañado de procesiones rimbombantes, solemnes y crueles. Adicionalmente se producía una capitis diminuti”, al deudor fallido se le prohibía ejercer el comercio, perdía los derechos políticos, y se prohibía ejercer cargos públicos, lo que también se cumplía con los hijos del deudor.  Para morigerar el sistema de la bancarrota, se buscó una institución intermedia que evitaba la quiebra del deudor, fue la institución de la bonorum cessio, incorporada en la Lex Julia, por la cual el deudor de buena fe, estaba facultado para entregar los bienes a los acreedores a fin de cancelar todas sus obligaciones.

En la Edad Media, esta figura de la cesión de bienes se incorporó al derecho de quiebra, como una medida cautelar de la misma, pero de unas características humillantes para los comerciantes fallidos. Esta institución se cumplía con diversas regulaciones, tanto en Italia como en Francia, indicaban minuciosamente los pasos en que consistía el procedimiento de cesión de bienes: el deudor era conducido desde el palacio comunal hacia la plaza pública, habitualmente precedido por un trompetero y seguido por un cortejo de chiquillos que saltaban, gritaban y reían, agitando bolsas vacías, símbolo de pobreza. Cuando era inevitable, una jauría alborotada por el bullicio de los chicos los acompañaba con sus ladridos. Así llegaba el deudor a la plaza donde los acreedores y la población curiosa disfrutaban del espectáculo. Una vez en la plaza el deudor debía aproximarse a una piedra colocada especialmente a ese fin, llamada “piedra del vituperio”, y allí, despojado de sus ropas, se exhibía desnudo ante los espectadores como demostración de que con nada se quedaba (de donde la expresión, que aún perdura, “se quedó con una mano atrás y otra adelante” para referirse a quien perdió todos sus bienes). Pero no terminaba allí la humillación del cedente: el extremo máximo lo constituía lo que los estatutos llamaban acculattata: el deudor, desnudo, debía dejarse caer sentado por tres veces sobre la piedra del vituperio, al tiempo que proclamaba que todo su haber era cedido a los acreedores. Aún con eso la humillación del cedente no había concluido, pues estaba obligado bajo pena de prisión a llevar de por vida un gorro verde o del color que consignaran los estatutos: el verde prevalecía en Francia; en Venecia debía ser rojo si el quebrado era judío. Otras ciudades lo ordenaban de color amarillo o blanco, a veces con la efigie de un zorro, símbolo de malicia. Por último, diversas prohibiciones como la de portar armas, vestir prendas finas, ocupar cargos públicos, completaban su inequívoca capitis deminutio.

 

 

 

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Autor: Pere Brachfield
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